Colombia Tiene Manos de Mujer
Mira tus manos, con ellas sostuviste este país, criaste hijos sola porque el padre se fue y el Estado nunca llegó, trabajaste cuarenta años en la informalidad y llegaste a los 65 sin pensión. Cotizaste toda la vida a una EPS que cerró 2025 con 7,3 billones en pérdidas y no tenía cómo atenderte.Con esas mismas manos también cuidas a tu madre, a tu suegra, al abuelo que ya no puede solo. En Colombia, más de 4 millones de personas ejercen labores de cuidado sin un solo peso de remuneración. La mayoría son mujeres, sin contrato, sin descanso. Sin que nadie las llame trabajadoras aunque trabajen más que cualquier funcionario del Estado. El cuidado que sostiene a los más vulnerables de este país tiene cara de mujer y el gobierno ni siquiera lo registra en las cifras oficiales.
¿Y dónde estaban los que gobernaban mientras todo eso pasaba?
Firmando contratos que nunca se ejecutaron, sentados en el puesto 99 entre 182 países en corrupción, comparando sus logros de gobierno con su vida sexual en cadena nacional.
Con corbata, con discurso, con tu voto en el bolsillo.
Y la mujer que trabaja la tierra tampoco existe para ellos. En Colombia, solo el 36% de los predios rurales productivos están titulados a nombre de mujeres. La campesina que siembra, cosecha y alimenta al país no es dueña de la tierra que cultiva. Lleva generaciones trabajándola y aún depende de un título que el Estado promete y no entrega, de un banco que no le presta porque no tiene garantías, de una institucionalidad que la menciona en los discursos del Día de la Mujer y la olvida el 9 de marzo.
Abelardo de la Espriella lo dice sin disculparse: este país le debe una deuda enorme a la mujer colombiana, no un subsidio, no un programa con nombre bonito. Una deuda real, de protección, de seguridad, de dignidad.
Y hay algo más que nadie se atreve a decir en voz alta: le están atacando la fe. A esa mujer que ora antes de dormir, que lleva a sus hijos a misa, que encuentra en Dios la fuerza que el Estado nunca le dio, le dicen que es atrasada. Que su fe es un condicionamiento. Que la modernidad exige soltar lo que la sostuvo toda la vida. La Mujer Patriota no necesita que nadie le explique en qué creer. Su fe no es debilidad. Es la columna que no se dobló cuando todo lo demás se cayó.
Las Mujeres Patriotas no piden limosna, exigen lo que siempre fue suyo. Colombia tiene manos de mujer y ya es hora de que las manos que gobiernan lo recuerden.
